Cuando vi las maravillas de Lutecia, en verdad me impresioné...no las imprimí, sólo quería que formaran parte de mis recuerdos...en Lutecia viví, sin saber que aún vivía, porque pensaba que en Lutecia sólo había gente sin vida, sin recuerdos ni nada...en Lutecia los hombres son grises, todos inalcanzables, mi cabeza roza el borde del hombro de cualquiera de ellos, pero entre tantos hombre grises, había otros como yo, que venían de fuera, porque las maravillas de Lutecia eran tan maravillosas que menospreciaban las maravillas de sus casas...y cuando vine, o sólo anhelaba las maravillas de mi casa, de la tierra que volaba al paso de los caballos y la risa de las gentes, éso era lo que yo quería, y los otros...los otros tal vez estaban arrepentidos, porque en Lutecia todos se vuelven grises, de tal manera que yo me volví como los hombres de Lutecia...y siendo gris como ellos, no volví a añorar las risas del Anahuac, ni el calor del trópico, un poco lejano, pero que calentaba mi lecho...ahora soy, o estoy como los de Lutecia, que no admiran nada dentro de sí, que siempre admiran lo demás porque creen que es inferior, porque en la simplicidad de los grises que no eran grises, encuentran el conforte, para decir: En Lutecia todo es más facil, y aunque es así, sé que los de Lutecia son grises, y lo gris me deprime, y soy gris, porque lo gris es como la enfermedad, o como la alegría, tarde o temprano termina contagíandose, y debajo de mi color gris, cuando sonrío, o recuerdo vagamente la brisa del Anahuac, los grises me dicen: -Tienes un rubor, ¿acaso no eres de Lutecia, cómo nosotros?
Muchos lo saben, otros no lo acreditan, otros fingen no saberlo, y aunque soy gris, como los de Lutecia, jamás seré gris por dentro...
Muchos lo saben, otros no lo acreditan, otros fingen no saberlo, y aunque soy gris, como los de Lutecia, jamás seré gris por dentro...
