Te levanta un muro respirante, de suaves y accidentadas paredes, tibio al tacto, donde se hunden los dedos de mis lamentos.
Muro vivo y fuerte, siempre alerta, con base ágil y cúpula alegre y joven, que invita a la caricia de tus pilares.
Muro que abrazaba a veces mi semblante con dos grandes puentes que juntaban nuestros corazones.
Aun lloro por el exilio fuera de ese muro, sin haberme nunca refugiado honesto. Mientras no tenga de mi amor embajador, siempre recordaré el muro de tu ciudad.

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